“No hay mejor lugar como el hogar”, por Luis Eduardo Bresciani

Luego de meses de encierro, quizás esta frase pueda sonar a una contradicción a los deseos de salir de casa.  Pero más allá de toda especulación sobre el futuro de las ciudades post pandemia, la vivienda ha pasado a ser una de las mayores preocupaciones y demandas de la gran mayoría en el actual contexto.

Esta prioridad no solo ha retomado energía debido a los efectos del hacinamiento o la falta de un techo para muchas familias vulnerables, sino que ha transformado a la vivienda en un seguro de vida, una condición para acceder a barrios con servicios, para vivir en zonas con menores tiempos de viaje en transporte público o simplemente para acceder a redes de empleo y apoyo.

Previo a la pandemia, el acceso a la vivienda ya era un asunto crítico. Según cifras oficiales (Encuesta CASEN, 2017), se estimaba que el déficit de hogares sin vivienda se había incrementado a medio millón de hogares. Cifras que se hacían aún más críticas si sumábamos a los cerca de 1,3 millones de hogares del déficit cualitativo de vivienda, que requieren ser recuperadas en su condición física y urbana.

Si en 2017 un tercio de la población se enfrentaba problemas de acceso a una vivienda con estándares adecuados, la actual crisis ha agravado esta condición, más si consideramos el reciente incremento de un 31% de hogares en campamentos (MINVU, 2020), la incapacidad de muchas familias de pagar sus arriendos y gastos comunes o las moratorias en los pagos de créditos hipotecarios.  Ello ha configurado un panorama donde la vivienda se ha transformado en un problema grave y no en el espacio de seguridad, integración y protección que todos anhelan.

Esta condición, también a puesto en tela de juicio la efectividad de las políticas tradicionales de vivienda, obligando a pensar medidas más agresivas e integrales para acoger a los sectores medios y vulnerables afectados por esta crisis.  Pues a diferencia de otras crisis o desastres, no se trata solo de resolver un problema de cantidad y de velocidad, sino de ampliar y diversificar las opciones. Se trata de atender en forma simultánea el impulso a la construcción de nuevos proyectos de vivienda, la regeneración de viviendas y barrios deteriorados, la gestión y planificación del suelo para ampliar las opciones de localización y la expansión significativa del acceso a viviendas con subsidios de arriendo protegido, por mencionar algunas acciones.

Obviamente, un cambio de enfoque en nuestras políticas de acceso a la vivienda y a la ciudad, requerirá de un rol mucho más activo del Estado para articular mejor los recursos públicos disponibles con la generación de una oferta diversa y sostenida de soluciones de vivienda. Esto también esta exigiendo ajustes en la forma de implementación, obligando al Estado a una mirada que transforme a los municipios y comunidades en socios estratégicos, reforzando las capacidades de acción directa del Estado y la capacidad del sector privado para asociase con comunidades, entidades no gubernamentales y entes públicos.

Lejos de otros debates sobre los efectos del teletrabajo o el temor a la densidad, que solo podrían afectar las opciones de vivienda de algunos grupos de mayores ingresos, la pandemia acentuará aún más las demandas de los segmentos medios y vulnerables por el acceso a zonas mejor equipadas y centrales, donde se den las condiciones de acceso a empleos y servicios en condiciones seguras, pues finalmente el hogar es mucho más que un techo.

Esta columna ha sido escrita por Luis Eduardo Bresciani, director Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile.

¿Todavía no te registraste en Mercado Libre? Quiero registrarme